¿Confiamos en la innovación?

Si en algo todos estamos de acuerdo es que la innovación es el motor del progreso en muchos aspectos de nuestra sociedad, incluida la salud. En este contexto, la inteligencia artificial se sitúa como una de las innovaciones más transformadoras del momento, generando fascinación, pero también desconfianza.
Pero ¿por qué percibimos la IA como algo negativo, o un trabajo realizado con IA como menos valioso? Recientemente, un creativo de una conocida agencia del sector escribía sobre las dudas que una de sus campañas había generado, sobre la que la gente se preguntaba si era real o si había sido creada con IA. ¿Habría sido realmente menos valiosa en ese caso? Al fin y al cabo, detrás de un entregable realizado con IA, siempre hay un profesional que ha aprendido a utilizar esta herramienta para llegar al resultado adecuado.
La clave radica en modular nuestra percepción y verlo como realmente es: un instrumento a nuestro servicio. ¿Realmente sustituye parte del trabajo que hacemos? ¿O simplemente nos permite desarrollar otro tipo de habilidades y ganar tiempo para realizar otras tareas de mayor valor? ¿Avanzamos al ritmo que deberíamos para incorporarla en nuestro entorno laboral?
Si algo tengo claro entre tanta incertidumbre es que la IA abre un mundo de posibilidades a cosas que, de otra forma, resultarían inalcanzables. Como llevar a cabo proyectos que, bien por limitaciones regulatorias o bien por necesitar dedicar demasiados recursos para un impacto limitado, resultarían impensables. Incluyendo nuevas formas de abordar proyectos de educación médica.
En la actualidad, nuestro trabajo incorporando la IA en este tipo de proyectos nos está permitiendo desarrollar herramientas propias y dotar al profesional sanitario de nuevos recursos para trabajar (en algunos casos, incluso, demandadas por ellos mismos), mejorando la calidad del tiempo invertido en los proyectos. Por ejemplo, facilitando el análisis documental y revisión de evidencia científica, y permitiendo así que el experto invierta ese tiempo en aportar su valiosa experiencia clínica, trasladarnos sus necesidades, debatir y llegar más rápidamente a soluciones reales que acaben impactando en el abordaje de determinadas patologías.
Todo esto, por supuesto, sin perder rigor en los resultados y respetando las estrictas regulaciones que caracterizan a este sector, pues son aspectos que resultan imprescindibles. Desde el punto de vista de una agencia, esto contribuye además a transformar el modelo de negocio, optimizando procesos internos y destacando el valor de los equipos multidisciplinares: donde antes una tarea era llevada a cabo por perfiles científicos, ahora también es necesaria la aportación de programadores informáticos y expertos legales.
Está claro que todo ello supone un reto, como siempre lo es cambiar la forma en que se hacen las cosas, pero precisamente el valor de nuestro trabajo se basa ampliamente en la innovación y, a veces, la innovación no se traduce en crear algo nuevo, sino en desafiar la forma en la que entendemos y realizamos nuestro propio trabajo.
En definitiva, quienes participamos en el desarrollo y aplicación de nuevas herramientas de IA en proyectos de educación médica podemos decir inequívocamente que esta innovación −debidamente utilizada− aporta un gran valor añadido para nuestros clientes, para el profesional sanitario y para lo más importante: los pacientes.






