Del futuro no tan lejano al presente: Lo que cambió, lo que no y lo que no vimos venir

En 2018 escribí una breve reflexión sobre el futuro de la industria farmacéutica. Hablaba de digitalización, sostenibilidad de los sistemas de salud, evaluación basada en valor, acceso a medicamentos y una creciente profesionalización del sector. Releyendo aquellas líneas hoy, me sorprende comprobar que muchas de esas tendencias efectivamente se materializaron.
Pero también me sorprende todo aquello que no fui capaz de anticipar.
Porque el recorrido no fue lineal.
Primero llegó la pandemia. Y con ella, una aceleración difícil de imaginar. En cuestión de meses vimos avances que probablemente habrían requerido años en circunstancias normales. La atención remota se incorporó a la práctica cotidiana, la digitalización dejó de ser una aspiración para convertirse en una necesidad y la colaboración científica alcanzó una velocidad inédita.
Sin embargo, una vez superada la emergencia, algo curioso ocurrió. Muchos sistemas de salud, organizaciones e incluso los propios profesionales intentaron recuperar dinámicas previas. Como si la pandemia hubiera sido una excepción temporal más que un punto de inflexión permanente. Algunas transformaciones se consolidaron, pero otras quedaron atrapadas entre inercias organizativas, marcos regulatorios heredados y la necesidad humana de volver a lo conocido.
Y cuando parecía que habíamos entrado en una fase de estabilización, apareció una nueva fuerza transformadora: La Inteligencia Artificial.
A diferencia de otras innovaciones tecnológicas, la IA no promete únicamente mejorar procesos existentes. Tiene el potencial de replantear cómo generamos conocimiento, cómo desarrollamos medicamentos, cómo interpretamos evidencia y cómo interactuamos con pacientes y profesionales sanitarios. Si la pandemia aceleró la digitalización, la inteligencia artificial está poniendo en cuestión muchos de los supuestos sobre los que construimos nuestros modelos de trabajo.
Hay además una cuestión que sigue llamándome la atención y sobre la que, honestamente, hemos avanzado menos de lo que esperaba.
A pesar de décadas de innovación, seguimos observando una fuerte fragmentación entre especialidades. Muchas veces funcionan como células altamente especializadas, pero insuficientemente conectadas entre sí. Los pacientes continúan recorriendo circuitos paralelos según el órgano o sistema afectado, cuando la realidad biológica rara vez respeta esas fronteras.
Quizás uno de los mayores cambios que veremos en los próximos años no provenga exclusivamente de nuevas moléculas, sino de nuestra capacidad para integrar datos y construir una visión verdaderamente holística de las personas. La combinación de historias clínicas digitales, biomarcadores, datos genómicos e inteligencia artificial debería permitirnos identificar patrones de riesgo mucho antes de que aparezcan las manifestaciones clínicas más evidentes.
Esto abre una oportunidad enorme para el diagnóstico temprano y la prevención. Pero también plantea una nueva paradoja. Cuanto mejores seamos identificando una enfermedad de manera precoz, mayor será el número de personas potencialmente elegibles para intervenciones y tratamientos. Y eso volverá a poner presión sobre una pregunta que llevamos años intentando responder sin éxito: Cómo garantizar acceso oportuno y equitativo a la innovación en sistemas con recursos necesariamente limitados.
Porque si hay algo que estos años me han enseñado es que la tecnología avanza mucho más rápido que los problemas estructurales.
Uno de ellos es, sin duda, el acceso.
En 2018 planteaba la creciente tensión entre innovación, sostenibilidad y acceso. Ocho años después, cuesta afirmar que hayamos encontrado una solución. Más bien parecería que el problema ha encontrado nuevas formas de manifestarse.
Me gusta pensar que ocurrió algo parecido al agua. Cuando se bloquea un cauce, encuentra otro camino para seguir fluyendo.
Durante mucho tiempo asociamos los mercados out-of-pocket principalmente a productos OTC o a categorías de menor complejidad terapéutica. Sin embargo, en los últimos años hemos visto cómo esa lógica se extendió hacia áreas que pocos habrían imaginado una década atrás. El fenómeno observado con los agonistas GLP-1 es probablemente uno de los ejemplos más visibles.
La demanda de los pacientes encontró mecanismos alternativos de acceso allí donde los sistemas tradicionales de cobertura no fueron capaces de responder con la velocidad esperada. Y la pregunta es si estamos observando una excepción o el inicio de una tendencia más amplia. Si la innovación sigue avanzando más rápido que la capacidad de financiación de los sistemas de salud, no resulta difícil imaginar que esta dinámica pueda extenderse progresivamente a otras áreas terapéuticas, incluso de alto coste.
La consecuencia es incómoda: El acceso podría depender cada vez más de la capacidad individual de pago y cada vez menos de los mecanismos colectivos que históricamente buscaron garantizar la equidad.
Algo similar ocurre con otro tema sobre el que reflexionaba entonces: La referenciación internacional de precios.
Hace unos años parecía una herramienta razonable para reducir diferencias excesivas entre mercados y aportar racionalidad a los procesos de fijación de precios. Pero la experiencia nos ha mostrado que los mecanismos diseñados para generar convergencia no siempre producen los resultados esperados.
Hoy, el concepto de Most Favored Nation (MFN) parece representar la expresión máxima de esa lógica. Sobre el papel, la idea resulta difícil de cuestionar: Que nadie pague más que el país que obtiene el mejor precio. Sin embargo, la realidad es bastante más compleja.
Paradójicamente, un mecanismo concebido para promover mayor equidad corre el riesgo de generar nuevas formas de desigualdad. No necesariamente porque los precios converjan, sino porque el acceso se vuelva más heterogéneo.
Quizás esa sea la lección más importante que me deja la comparación entre 2018 y 2026.
Las predicciones más sencillas son las tecnológicas. Lo verdaderamente difícil es anticipar cómo reaccionarán las personas, las instituciones, los incentivos económicos y los mercados frente a esas tecnologías.
Sigo convencida de que los datos, la digitalización y la Inteligencia Artificial transformarán profundamente la salud. Pero también estoy cada vez más convencida de que las preguntas fundamentales siguen siendo las mismas que hace ocho años.
La tecnología está cambiando las respuestas posibles. Los dilemas, sin embargo, siguen siendo sorprendentemente familiares.
Y quizás el futuro no tan lejano vuelva a encontrarnos debatiendo exactamente eso. Porque, después de todo, el verdadero desafío nunca fue imaginar el futuro. El verdadero desafío sigue siendo construirlo.






